domingo, 3 de enero de 2010

Dos de cada 10 argentinos guardan algún juguete de la infancia: ¿los famosos?


Cómo olvidar ese autito que trajeron los Reyes o la muñeca que llegó en Navidad después de inclaudicables cartas a Papá Noel? Trenes, peluches, triciclos o bebotes, incluso una pelota. Los juguetes favoritos de cuando éramos chicos quedaron atesorados en el recuerdo de aquellos días. Pero hay quienes van más allá y los guardan literalmente. Para mostrárselos a sus hijos y/o nietos, o de puro nostálgicos y sensibleros nomás. Según un estudio de la consultora D'Alessio IROL, dos de cada diez adultos conservan chiches de su infancia. ¿Y quién les regaló ese juguete preferido? En la mayor parte de los casos –el 63%– los bienhechores fueron sus padres, seguidos por tíos o abuelos. El 12% de los hombres memoriosos halló en la pelota su diversión de cabecera. Los patines –otro clásico de una era sin rollers– fueron el pasatiempo inolvidable para el 7% del público femenino. Aquí, algunas caras conocidas comparten los más emotivos recuerdos de infancia con sus juguetes y reviven, por unos instantes, aquellos años felices.

Aquella ardilla embalsamada de Roberto Pettinato

Lima, Perú, 1964. Un terremoto azota la ciudad. Los Pettinato, aún exiliados por su filiación peronista, huyen como pueden de su departamento en un séptimo piso. En medio del pánico, alguien se da cuenta de que falta un miembro de la familia: el pequeño Roberto, quien había vuelto a subir hasta su cuarto para rescatar a su ardilla embalsamada y a Conyto, su peluche adorado. Su misión fue exitosa. La ardilla –al igual que unos pingüinos también embalsamados que eran otro de sus divertimentos preferidos– pasó a mejor vida: "Mi hermana los tiró porque me dijo que se habían podrido. Casi la mato", se ofusca. Igual llegó la revancha: se compró la hermana de Verdaguer, una monja títere que a veces sacaba a relucir en su programa, un muñeco de diseño que se trajo de Nueva York y un avión que veía de niño en la casa central de Aerolíneas Argentinas, en la calle Perú.

La señorita maestra de Leticia Bredice

En un patio florido, de una casa de Villa Urquiza, Leticia siempre jugaba a la maestra, con otros juguetes –ordenados en filas– que hacían de alumnado. Ella dibujaba garabatos en un pizarrón, de tamaño casi escolar, que le habían regalado. Para eso, solía llevarse en los bolsillos del guardapolvos algunas tizas del cole. El más travieso de sus alumnos era un tal 'Chicoclane'. Otro de los juegos que más la divertía era el de 'la mamá'. Sus hijos, con cuerpo de tela y cabeza plástica, también tenían nombre: Keyko y Alejandro. Y cada vez que Leticia se peleaba con sus hermanos, los muñecos padecían las consecuencias: aparecían cortados o con bigotes pintados. Como anécdota, Leticia cuenta que en un viaje familiar a Mar del Plata, en el Ford Taunus de su papá, Keyko fue el chivo expiatorio de un pis que ella no pudo aguantar.

El único autito de Daniel Passarella

Daniel agarra el autito, lo mira y sonríe con un poco de incomodidad. "¿Lo sostengo o lo dejo apoyado?", pregunta. Finalmente decide que lo mejor es exhibirlo sobre la palma de su mano. El autito es un coche chino a fricción que recibió en su Chacabuco natal hace casi 50 años y Daniel es Daniel Alberto Passarella, ex jugador, ex técnico y actual presidente de River Plate. No recuerda si el coche se lo trajeron los Reyes Magos o fue un regalo de cumpleaños, pero está seguro de que se lo dieron en una de esas ocasiones, las únicas en las que el campeón mundial recibía presentes. En vez de un autito podría haber conservado una pelota, pero ninguna pudo resistir los embates del ex gran capitán.

El 'se mira y no se toca' de Ingrid Grudke

Ella misma compró su muñequito oriental cuando tenía 7 años. Volviendo de la escuela, entró a un bazar y se deslumbró con el hombrecito que estaba parado en medio de unas tazas. Insistió hasta que su madre le dio la plata y como una chica previsora, lo tuvo "en exposición" en su cuarto. Así pudo conservarlo hasta hoy. Otra de sus debilidades era una pequeña muñeca morocha. Como su madre tenía máquinas de coser, la modelo –oriunda de Oberá, Misiones– dedicaba tardes enteras a bordarle vestidos. Su abuela se apiadó de ella y para que no tuviera que fabricar ropa tan chiquita, le regaló una muñeca gigante. Su mascota predilecta era un tanto extraña: una gallina renga desafectada del plantel familiar de ponedoras. Ingrid la recuerda entre risas y cuenta que el ave se quedaba mansa en un cochecito para bebés mientras ella la paseaba por la casa.

La pasión por los fierros de Sergio Lapegüe

Cuando ni soñaba con aparecer frente a las cámaras –y mucho menos en la trasnoche–, Lapegüe se la pasaba con amigos, entre pistas de Scalextric, pelotas de fútbol... y autitos. Muchos autitos. Veía alguno que le gustaba, decía: "¡Quiero!", y mamá le daba el gusto. Así lo malcriaban. Recuerda grandes carreras, en las que los bólidos se reforzaban con cucharas de cocina y plastilina mientras Sergio y sus amigos se metían en la piel de Niki Lauda o el Lole Reutemann y soñaban con ser los primeros en ver la bandera a cuadros. No fueron pocos los utensilios de su madre que sufrieron accidentes fatales mientras Sergio se encerraba en su cuarto, armaba una pista y se quedaba horas relatando carreras en las que siempre ganaba su preferido.

Sueños custodiados por el Topo Gigio de Iliana Calabró

La pequeña Iliana adoraba que su padre Juan Carlos saliera de gira por el interior del país porque cuando regresaba, siempre traía, de yapa, regalitos para sus hijas. Una vez, Calabró volvió a casa con un muñeco del Topo Gigio, que durante muchos años acompañó los dulces sueños de Iliana desde la mesita de luz. Pero el romance entre la actriz y cantante y el tercer ratón más famoso del mundo –después de Mickey y Pérez– no terminaba ahí. La mayor de las Calabró también tenía una enciclopedia del personaje que enseñaba a hablar en inglés, a la que dice deberle "casi todo" lo que farfulla en ese idioma. Iliana se emociona, además, recordando el elástico, la soga, las bolitas, la perinola y algunos hits como el 'Arroz con leche', 'La cucaracha' y 'El elefante trompita'. Pero, sobre todo, un cumpleaños suyo que tuvo un animador del lujo: el mismísimo Pipo. Pescador.

El Mickey lesionado de Elizabeth Vernaci

Mucho antes de brillar en clásicos de la radio como "Buenos Aires, una divina comedia", "La venganza será terrible" o "Tarde Negra", Elizabeth pasó su infancia en Floresta, cerca del Parque Avellaneda. Uno de sus divertimentos favoritos era patinar por su casa vestida de novia con los trajes que cosía su abuela modista. Eso cuando no estaba ocupada haciendo de locutora en sus programas de radio imaginarios. Uno de sus juguetes preferidos era la muñeca Rita, con sus pulseras intercambiables. A Rita se la trajeron los Reyes Magos cuando tenía tres años. La versión de hule de Mickey llegó de la mano de su madre, eterna damnificada por los eventuales saqueos que sufría su ajuar de casamiento. A pesar de su buen estado general, el ratón más famoso del mundo tiene leves lesiones en la nariz: es que según confiesa la Vernaci, saciaba su angustia oral a los mordiscones.

El asalto a la ilusión de Horacio Elizondo

Trae la mirada perdida. Hace unas horas dejó su camioneta estacionada en una calle de las coquetas Lomas de San Isidro y unos amigos de lo ajeno se llevaron del baúl un auto y unos soldaditos, los únicos juguetes que el ex árbitro atesoraba desde su más tierna infancia. Su gesto es casi tan serio como el que mostró en la final del Mundial de Alemania 2006. Por suerte recupera la sonrisa hablando de los barriletes que armaba con su padre. El chiche que le robaron era un Porsche sport prototipo: "Se levantaban las puertas, tenía una llavecita que prendía el motor y las luces... Era un juguete increíble", se emociona. Ojalá no lo extrañe tanto. Como él mismo confiesa, no necesitaba mucho para divertirse: "Siempre me las arreglé con lo que tuve a mano".

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